Columna de opinión
Descertificación: la farsa del imperio
Por Juan David Rivero Raillo
Estados Unidos decidió descertificar a Colombia en la lucha contra las drogas. Y lo que dijo Gustavo Petro al respecto no es ninguna revelación novedosa: es apenas el eco de una verdad que Eduardo Galeano dejó escrita hace más de 50 años en Las venas abiertas de América Latina:
“Nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros: los imperios y sus capataces nativos. En la alquimia colonial y neocolonial, el oro se transfigura en chatarra, y los alimentos se convierten en veneno.”
Eso es exactamente lo que estamos viendo. No se trata solo de coca o amapola; es la historia repetida. Ayer fueron el oro y la plata que los españoles arrancaron de estas tierras con sangre y fuego; luego fue el petróleo, excusa para las invasiones en Irak o para los golpes orquestados en países de América Latina. Hoy es la cocaína, y el libreto es el mismo: ellos se venden como los héroes de la película —los Rambo, los Schwarzenegger, los Terminator— mientras nos ponen a nosotros el papel de villanos.
Pero seamos serios: la altísima producción de drogas tiene una explicación sencilla. Existe porque hay una demanda brutal en Estados Unidos. Allá están los mayores consumidores de cocaína, de heroína y de fentanilo. Y este último no nació en Colombia: su origen está en las propias farmacéuticas estadounidenses que, con la complicidad del gobierno, inundaron su mercado interno con opioides recetados para enriquecerse. Hoy, miles de vidas se han destruido en sus calles, y aun así insisten en señalarnos con el dedo.
Y mientras tanto, acá se repite la receta: envenenar campesinos con glifosato, como lo promueven ciertos gobernadores ignorantes que creen que la aspersión es la solución mágica. ¿Qué culpa tienen los labriegos de este país de la adicción de un consumidor en Nueva York o en Texas? Ninguna. Y sin embargo, son ellos quienes pagan el precio, viendo sus cultivos, sus aguas y su salud arruinadas por un veneno que la misma OMS ha señalado como peligroso.
La descertificación es, en el fondo, un instrumento político para doblegar gobiernos y someter economías. Ya lo hicieron en Guatemala en 1954, en Chile en 1973, en Panamá en 1989. Siempre el mismo libreto: si no obedeces, te golpean; si obedeces, te premian.
Colombia no es patio trasero de nadie. Y si hoy Estados Unidos pretende vestir de héroe a un sistema que es responsable de la mayor demanda de drogas en el mundo, la respuesta no puede ser agachar la cabeza. Lo dijo Galeano y lo repetimos hoy: nuestra riqueza no puede seguir siendo la condena que alimente su prosperidad.
La verdadera discusión no está en Washington, sino en nuestros campos. Lo que necesitamos no son helicópteros fumigando veneno, sino proyectos de sustitución de cultivos, crédito barato para el campesino, vías para sacar los productos, compras estatales de cosechas, inversión social y oportunidades reales.
Libertad o muerte, decía la consigna. Yo digo: dignidad o sometimiento. Y Colombia ya no aguanta otro siglo de humillaciones maquilladas de “cooperación”.
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